Guerra Mundial Z: Europa

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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Cristina de Calasanz el 01/03/2010, 17:21

Sterling, Reino Unido, 25 de febrero de 2014

Quizá la caída de Nueva York fuese algo épico, algo trágico... nos lo venderán en unos años como algo que conmocionó al mundo entero, como algo que cambió el curso de la Guerra contra los Zombies... lo cierto es que no pudo cambiar tantas vidas como el 11-S, si es que el 11-S cambió tantas vidas como dicen; el caso es que, a esas alturas del partido, mucha gente se había quedado sin luz y, por ende, sin internet ni televisión, así que para los que viviesen en Nueva York debió ser un palazo el ver la Marcha Zombie por la Quinta Avenida y todo eso, pero el resto del mundo, como casi siempre, teníamos nuestros propios problemas.

Por una vez, las crónicas de los americanos no serán una pastelada idílica y sin fundamento, ni lo distorsionarán con su espíritu de Hollywood. Y es que la lucha en los castillos en toda Europa fue verdadera, fue épica, fue dura, fue larga... pero fue una realidad. Aquí la Reina estuvo siemrpe al pie del cañón, no se fue a Balmoral como esperábamos todos que hiciera, pues era una señora muy anciana.

No, se quedó defendiendo Londres hasta el final y dudo mucho que alguien pudiese facilitarle algo las cosas, no digo que no la cuidasen especialmente, pero no había comida para nadie, ni medicinas para nadie. Y ella estuvo con el resto de sus hijos, que habían estado todos en el ejército, aunque la televisión se riese de sus divorcios y sus mujeres y llamase puteros a los chavales y se metiese con ellos por llevar disfraces de los nazis. Pero allí estuvieron y deberieron luchar como uno más.

No sólo se luchaba contra los zombies, que hacerlo en un castillo lo hacía algo más fácil. Se luchaba contra el miedo, el frío, el hambre y las enfermedades. Había que tener muchísimo cuidado con hacer bien las letrinas, con los cortes tontos que nos hacíamos, con que alguien empezase a toser con el resto.

Pero luchamos, como se hacía antiguamente, con espadas de verdad, que pesaban como el infierno y que después de media hora levantándolas contra aquellos hijos de puta te hacían ver las estrellas. Los brazos nos pesaban como plomo, pero los zombies seguían viviendo. Tienen razón aquellos que dicen que la historia no debe olvidarse. Si no hubiese sido por los que construyeron los castillos hace tanto tiempo, muchos no hubiésemos sobrevivido y no les seguiríamos dando envidia a los yankis con nuestra historia medieval, una vez más.

Ellos qué tenían, ¿la tecnología? no les sirvió un culo. ¿El mejor ejército del mundo? dependían demasiado de la tecnología todos aquellos cabeza cuadradas que se grababan en móvil cuando le daban a los zombies. Pero también le echaron valor, como todos y se organizaron a tiempo, como todos. Y lograron sobrevivir... unos cuantos.
“- ¿Qué es lo mejor de la vida?
- La extensa estepa, un caballo rápido, halcones en tu puño y el viento en tu cabello…
- ¡Mal! Conan, ¿qué es lo mejor de la vida?
- Aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres.”
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Magus el 02/03/2010, 17:53

MASSIMO

25 de febrero de 2014, Italia

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El comisario Fanfani, nuestro líder, era un hombre precavido. Consideraba que en una situación de emergencia, aunque pareciera que lo peor hubiera pasado, siempre había que ir un paso por delante frente a lo que pudiera ocurrir.
Durante nuestras incursiones en busca de alimentos y recursos, no sólo nos dedicábamos a buscar todo lo que pudiera resultar útil. Algunos de nosotros también se dedicaban a recorrer las carreteras durante el día para ir eliminando infectados. En torno a un pueblo del norte-centro de Italia no había muchos, pero no podíamos evitar ser descuidados y dejar que cada vez llegaran más.
El comportamiento de los infectados era errático en situaciones normales, vagando sin rumbo aparente, y en un estado “pasivo”. Solamente la proximidad de personas sanas parece que desata su agresividad, pasando a dirigirse hacia el objetivo y no paran hasta haberlo matado, a menudo tratando de devorarlo, aunque lo cierto parece que en su estado de muertos vivientes realmente no necesitan alimento de ningún tipo.
Había muchas cosas que no sabíamos entonces, pero que fuimos aprendiendo. Una de las cosas que atraen a los infectados es el ruido. Claro está, primero tienen que escucharlo y por lo que parece su agudeza auditiva es muy similar a la que tenían en vida. Escuchan una detonación de una escopeta, por lo menos a un kilómetro, y se pondrán en marcha en esa dirección, primero de forma agresiva, y después de un tiempo, comienzan a caminar sin más, pero en la dirección del sonido.
Otra cosa es que parecen capaces de oler a los sanos. El sudor humano también les atrae y es algo que los pone rabiosos. Como es de esperar en una situación de pánico se descarga mucha adrenalina, y el olor les vuelve locos.
Con el paso de los meses fuimos despejando la zona en torno a Caravaggio lo mejor que pudimos. Recuerdo que preparamos trampas: bastaba con armar un poco de jaleo en la carretera y acudían como moscas. Si se acercaban demasiado los freíamos a tiros, pero razonamos que era mejor ahorrar munición y procurábamos atraerlos hacia fosos y trampas preparados especialmente, y luego los quemábamos vivos.
De vez en cuando nos daban una mala sorpresa. Recuerdo una ocasión en la que Carla y yo atrajimos a seis de ellos hacia un foso que habíamos preparado lleno de estacas y cristales. Cinco de ellos cayeron sin problemas, pero el último se detuvo bruscamente y emitió un extraño gemido y retrocedió para dar un rodeo alrededor del foso. Carla y yo nos quedamos sorprendidos pero Carla terminó con él de un disparo y arrojándolo al foso con el resto de sus compañeros. Parecía que a algunos les quedaban ciertos “residuos” de inteligencia, pero la mayoría eran bastante fáciles de evitar, si se tenía cuidado. Solamente su gran número y su imparable marcha era lo que los convertía en un peligro.
No sé qué fue lo que los atrajo hacia Alto Fosso en tan gran número. Supongo que en nuestras continuas correrías dejamos una especie de “rastro”, ya fuera de sonido o de olor, pero cuando pensamos que la situación estaba bastante controlada en nuestra zona, un día apareció un gran grupo de unos cincuenta, y venían directamente hacia la comuna.
Casi acaban con dos de nuestros compañeros, que estaban despreocupados “vigilando” y de repente se encontraron con cincuenta infectados saliendo de repente de entre los bosques cercanos. Dejaron las motos y corrieron hacia la comuna gritando. Se salvaron por poco.

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Acabamos con los primeros que llegaban a tiro limpio, pero eran demasiados. El comisario Fanfani decidió poner a prueba el “cortacésped”, un furgón blindado de la policía, que habíamos modificado con varias cuchillas, que le restaban velocidad pero le proporcionaban letalidad. El propio comisario lo conducía, mientras dos compañeros disparaban por las ventanillas laterales, impidiendo que se aferraran al furgón.
Fue un éxito. El comisario se abrió paso entre las filas de infectados como una máquina cosechadora. No fue un espectáculo agradable pero no puedo evitar decir que por primera vez sentía una siniestra satisfacción al pensar que teníamos controlada la situación.
Sólo fue el primero de varios grupos. Y pronto comenzamos a tener problemas para conseguir gasóleo para el “cortacésped”. Perdimos a dos exploradores, pero uno que consiguió volver nos dijo que desde el sur se acercaba una gran horda de cientos, sino miles. No sabíamos qué los había puesto en movimiento. Pensamos que tal vez se les había acabado la “comida” en Nápoles y ahora venían a hacernos una visita.
Pero no era “comida” lo que querían. Sabían que estábamos en Alto Fosso. Los habíamos llamado y ellos habían acudido.

-¿Cómo?

En una de nuestras incursiones encontramos un equipo de radioaficionado. Y se nos ocurrió utilizarlo para mantenernos en contacto con otros supervivientes. Al principio funcionó muy bien. Supimos que había otras comunas, como Capri, de la que ya le he hablado, y también que quedaban algunos lugares “limpios”, que se habían establecido como zonas de seguridad, como Irlanda, o Córcega.
Gracias a la radio conseguimos coordinarnos con otros grupos, saber por dónde ya habían pasado o dónde seguir registrando o advertirnos de la llegada de infectados.
Hace poco le he hablado de que el ruido los atrae. Realmente no deberían oír, están muertos, pero siguen oyendo de todas formas. Y de alguna forma sus cerebros muertos también escuchan las ondas de radio. No lo supimos hasta después de que pasara la crisis. No entienden nada, claro está, pero saben que hay algo en el origen y acuden hacia el lugar desde el que se emite la señal.
Cuando comenzamos a utilizar la radio éramos como niños con un juguete nuevo. Nos pasábamos horas escuchando y lanzando mensajes o incluso poniendo música para alegrar el ambiente. Y así estuvimos meses.
Y ahora los infectados habían acudido de todas partes para saber lo que ocurría.
Cuando el comisario Fanfani pensó en evacuar la comuna a Córcega o a otro lugar, nos dimos cuenta de que estábamos rodeados.
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Cristina de Calasanz el 12/03/2010, 20:26

Flandes, Bélgica. 25 de Marzo de 2014

No funcionaba NADA contra ellos. ¿Cómo te comes eso después de tantas películas de tiros? ¿Donde estaban los Terminators? De verdad que pensaba que habría sueros de supersoldado que desempolvarían o armaduras de Iron Man o no sé, alguna cosa de esas locas que salían en las películas. Y luego resulta que no, que todo el armamento que nos habían vendido como inteligente (que ya sabíamos que no lo era), resultó ser una puta mierda. No valía para nada.

Pero no sólo las armas, ninguna estrategia valía: bueno, sí, si les llevabas hacia un cuello de botella, pues era fácil matarles, si sobrevivías y no te cagabas en los pantalones antes, con esos gruñidos que hacían. - sigo oyéndolos de noche, a pesar de estos años y lo único que hago es taparme más con la manta, como al principio, como los niños.- También podías hacer como que huías y que viniese la caballería, pero con ellos no tenías porqué fingir que estabas cagado de miedo. Porque lo estabas y huías de verdad, porque no querías ver sus apestosas caras.

¿Miedo? Los zombies no tienen miedo. Lo tienes tú, que te cagas en los pantalones cada vez que los oyes o que notabas que se movía la hierba. ¿Hambre? Hambre teníamos nosotros, que nos comíamos las suelas de los zapatos y lo que pillásemos. ¿Bajarles la moral? Lanzarles las cabezas de sus amigos zombies no surtía el menor efecto en esos cabrones. Ahora entiendo lo que debieron sentir los Tercios Españoles, sin esperanza, nada más que tu orgullo para sobrevivir, porque nadie iba a venir a ayudarte.

Te sostenía el orgullo, porque no era la paga, no era el botín... y la espada, o la pala o lo que te habías inventado para cargarte a los zombies pesaba como el infierno cuando llevabas unos cuantos. Julio César debía ser un señor con unos brazos muy grandes para cargarse a tantos galos espadazo arriba espadazo abajo.

Aun así, siempre había algún cabronazo que le daba igual que la mujer fuese amiga o enemiga. Los hay que se tirarían a un zombie si se resitiese, hijos de mala madre. Ni siquiera en esas circunstancias la gente podía practicar lo del amor libre. En la puta madre de todas las guerras, si estabas casado, te daba igual. Te pasabas el día luchando codo con codo con alguna muchacha joven y por la noche te lo pasabas bien y al menos esa sonrisa te valía para levantarte por la mañana al día siguiente. Los hay que no saben aprovecharlo. yo dejé a mi mujer en Sevilla y luego nos encontramos y si se cepilló a un batallón de soldados, pues bien que hizo, ojos que no ven... eso sí, que está sana. Que los hay gilipollas hasta para el amor libre y cogieron de todo. Fueron tiempos jodíos, pero la gente se quiso y se quiso bien. Y si los hijos no saben de quien son... pues en todas casas cuecen habas.
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Magus el 14/03/2010, 18:46

MASSIMO

Italia, 25 de Marzo de 2014

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Nadie se esperaba la catástrofe que estaba a punto de caer sobre Alto Fosso. Como he mencionado, nos confiamos y sin saberlo atrajimos la atención de los infectados. Primero fueron unos pocos, pero cada vez más, desde el centro y el oeste de Italia comenzaron a avanzar en silencio hacia el lugar donde escuchaban la emisión de la radio que tan despreocupadamente utilizábamos de forma constante para distraernos de las preocupaciones.
No hace falta que diga que las ciudades eran lugares muy peligrosos. Aunque mucha gente las había abandonado, todavía quedaban cientos, sino miles de infectados caminando por las calles, y en cuanto recibían algún estímulo se ponían a caminar en la misma dirección. Alto Fosso se convirtió en una mancha de sangre en un mar lleno de tiburones.
Al principio sólo eran bandas aisladas, que procurábamos eliminar en cuanto las descubríamos, nada fuera de lo habitual, pero poco a poco los grupos fueron haciéndose cada vez más grandes. Realmente no nos preocupamos hasta que una patrulla de tres exploradores desapareció y sólo regresó uno de ellos, diciendo que un verdadero ejército de infectados venía en nuestra dirección.
El miedo se extendió y la misma noche que recibimos la noticia tuvimos una deserción. El comisario Fanfani, nuestro líder, reaccionó con calma y convocó una reunión de todos los habitantes de la comuna y planteó la situación. Dijo que quien quisiera irse de Alto Fosso estaba en su derecho, y a nadie se le impediría, pero lo cierto es que estábamos rodeados por bolsas de infectados y abrirse paso más allá de los Alpes en busca de un lugar seguro iba a ser difícil. En Italia Capri acababa de caer, y aunque los supervivientes planeaban recuperar el refugio, en aquel momento nadie sabía si lo conseguirían. Tal vez alguna de las islas de la costa estuviera a salvo de la infección, pero Sicilia, que se había convertido en un auténtico hervidero de zombis, no era un ejemplo demasiado alentador.
Finalmente Fanfani dijo que pensaba quedarse y enfrentarse a los infectados hasta que la situación fuera insostenible. No había construido un refugio sólo para abandonarlo al primer problema y salir al descubierto. Quien quisiera podía marcharse, insistió.
Al día siguiente, dos familias cogieron los vehículos que habían aportado a la comuna y se fueron, pero Fanfani fue muy estricto con las provisiones y el agua que podían llevarse. Nadie dijo nada. En cuanto los coches se perdieron de vista –por lo que sé, ninguno de quienes se marcharon de Alto Fosso antes del “asedio” sobrevivió- el comisario Fanfani nos puso a trabajar duro. Ampliamos los fosos, los llenamos de alquitrán mientras hacíamos turnos para ir acabando con las avanzadillas de los infectados más ansiosos.
Finalmente llegó el día que tanto temíamos. Una marea gris comenzó a configurarse en el horizonte, y a medida que se acercaba escuchamos una algarabía de gemidos y aullidos.
Nuestra primera línea de defensa fue aprovechar una serie de aspersores de jardín y agrícola que llenamos de gasolina y aceite industrial y que situamos a unos cientos de metros alrededor de Alto Fosso. En cuanto se aproximaron lo suficiente, activamos los aspersores y comenzamos a regarlos. Cuando pasaron suficientes, lanzamos varios cócteles molotov y bengalas con la ayuda de una improvisada catapulta. En circunstancias normales habría sido una estupidez, pues cuando prendes fuego a una horda de infectados que avanzan hacia ti lo que tienes es una horda de infectados en llamas que avanzan hacia ti. Sin embargo, el comisario tenía otro recurso en reserva.

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De repente, las puertas de Alto Fosso se abrieron y el propio comisario salió en el “cosechador blindado”, con la radio a todo volumen. Se dirigieron a toda velocidad hacia las filas de infectados y se abrieron paso. Los primeros, envueltos en llamas, se dieron la vuelta y comenzaron a prender fuego entre sus filas.
Era un plan suicida y funcionó bien. El comisario había pensado en “pastorear” a los infectados para que dieran la vuelta y prendieran fuego al resto y lo había conseguido. Incluso logró abrirse paso entre ellos con las temibles cuchillas del furgón blindado pero finalmente ocurrió lo que habíamos temido: había demasiados infectados. A pesar de su blindaje y resistencia, finalmente se atascó entre las masas aullantes y se detuvo en medio de ellos. Los infectados comenzaron a golpear el furgón una y otra vez, pero aparte de quedar bloqueado en la carretera en medio de un montón de cadáveres aplastados y miembros mutilados, el vehículo resistió.

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El avance de los infectados se había detenido, entretenidos por un ruido que atraía su atención desde todos lados. En aquel momento no sabíamos que deshacernos de la radio había sido la decisión más sabia. Sin embargo, no sabíamos cuánto tiempo podría aguantar el comisario en el interior del vehículo. Sólo habíamos demorado el ataque. Era necesario algo más.
Recuerdo que fue Carla quien decidió tomar la iniciativa. Todos los “centauros” –quedábamos unos veinte- subimos a nuestras motos y fuimos a buscar al comisario. Un gesto valiente y temerario, pero la visión del furgón blindado rodeado de infectados nos había enfurecido. Como caballeros medievales cargamos, armados con escopetas, pistolas y todas las armas que habíamos ido reuniendo en los meses previos.
Por suerte, los infectados estaban más atentos al estruendo de la radio a todo volumen que al ronroneo de las motocicletas que se acercaban. Durante semanas nos habíamos entrenado para una situación como ésta. Puede que no tuviéramos mucha habilidad, pero nos aferrábamos al mantra “ráfagas cortas pero precisas” como si fuera un himno religioso.
Nos abrimos paso entre el reguero de infectados que el furgón blindado había ido dejando a su paso. Algunos todavía se movían arrastrándose sobre las manos o el torso mutilado y extendían sus manos tratando de aferrarse a nosotros, pero teníamos un objetivo decidido. Comenzamos a disparar contra los infectados que rodeaban el vehículo y a separarlos.
Recuerdo que fui el primero en llegar junto a las puertas de atrás, llamando al comisario, y de repente el comisario apareció, sudando y pálido como la muerte y comenzó a disparar frenético a varios infectados que se acercaban por detrás de mí. Sin perder tiempo se subió a mi moto y emprendimos la huida. Eché un vistazo y vi que Carla y tres centauros se habían situado a ambos lado de mí, escoltándonos de regreso a la seguridad de Alto Fosso.
Cuando entramos en la manzana principal de la avenida nos dimos cuenta de que habíamos perdido diez hombres. Fanfani no perdió tiempo en amonestarnos ni en dar las gracias. Comenzó a lanzar juramentos y a impartir órdenes.
Subí a un parapeto de bloques de hormigón y vi varias columnas de humo surgiendo entre la marea de los infectados. La radio había enmudecido y privados de su presa, ahora daban otra vez la vuelta y se dirigían hacia Alto Fosso. En cuanto los primeros comenzaron a hundirse en el foso de alquitrán le prendimos fuego y con largas pértigas y lanzas pasamos varias horas empujando a los que conseguían atravesar las llamas y arrastrarse por la maraña de espinos, cristales y clavos que habíamos ido acumulando en la base del parapeto.
Finalmente, cuando el sol comenzaba a ponerse pudimos cantar victoria. Todavía quedaban algunos infectados caminando erráticamente, pero la marea había sido contenida y habíamos sobrevivido.
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Cristina de Calasanz el 23/03/2010, 19:36

Zurich, Suiza. 25 de Abril de 2014

Uno no sabía qué temer más, si a los desertores o a los zombies. Con los zombies uno sabía a qué atenerse. Los desertores eran, por lo general, gente normal, asustada como estábamos todos y que no tenía más ganas de seguir las órdenes de tipos que no tenían ni la más remota idea de qué hacer contra los zombies. Lo que no sé es cómo llegaron ahí, tanta película nos lavó el cerebro y aquí la gente se olvidaba de las partes feas de Salvad al Soldado Ryan.

En la guerra uno mata y no mata con una coreografía bonita en un duelo de espadas mientras una orquesta toca y resuenan los timbales. No hay comentarios graciosos del oponente. Sólo hay gritos, quejidos, chasquidos muy feos, y uno se resbala, se cae y le abren la cabeza y a tus amigos también les abren la cabeza. Es muy bonito lo de pasar el día juntos y quererse un montón, pero cuando a tu colega le abren la cabeza a tí se te va un poco con él, ya sea porque te da igual tu colega del alma como porque te echas a llorar como una niña.

Lo peor era el sentimiento de culpa o el temor a que les pillasen o que pensasen que eran unos cobardes; ni siquiera entonces se daba cuenta la gente de que la cagalera era generalizada y que había que estar realmente mal para no acojonarse cuando oías un arrastrar unos pies. Esas cosas eran las que les hacían tan peligrosos, los desertores eran como armas sin seguro, a punto de estallar siempre. Los había que se refugiaban en sí mismos y trabajaban mucho, incluso alguno conoció a una chica y la cosa acabó bien. Otras veces conocían a una chica y aparecía ella descuartizada y él se mataba después.

Los habrá que digan ¿porqué no hablaban de ello? Imagino que es porque no hay nada que te haga expulsar lo que sentiste cuando viste gasear a civiles inocentes o cuando comenzaron los abandonos de gente con lo de las "zonas seguras" y todo ese tinglado. Hay una parte de tí que dice que no, que no se podía haber salvado a toda esa gente, que había que... pero esas mentes pensantes se olvidan de aquellos que sí se salvaron y que dejaron provisiones junto con la gente que se quedó como cebo. Uno no se vuelve loco con los gritos de esas personas, uno se insensibiliza a los gritos después de un tiempo. Lo que te mata es el pensar cuántos más habrías podido salvar, ese número que nunca llega a ser ideal, que siempre es uno más...
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Magus el 25/03/2010, 10:15

MASSIMO

Italia, 25 de abril de 2014

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Habíamos sobrevivido. Pero el precio había sido alto. Una tercera parte de los habitantes de la comuna de Alto Fosso cayeron aquel día, casi todos en la carga suicida para rescatar al comisario Fanfani. Y el problema se agravó en los días siguientes. Habíamos recibido tal susto y estábamos tan frenéticos por el inesperado asedio que habíamos agotado gran parte de nuestras reservas de munición y combustible en aquel día. Si otro grupo de infectados similar hubiera llegado al día siguiente, sin duda habríamos terminado cayendo sin remedio.
No fue así, pero de todas formas los problemas no habían terminado. Seguían llegando infectados, sin duda rezagados de la gran masa que habíamos conseguido rechazar, pero lo hacían a un ritmo más lento y más asequible.
Al día siguiente intentamos recuperar el “cosechador”. Nos embutimos en varios impermeables, cogimos varios cubos de alcohol y amoníaco y comenzamos a separar los restos, con mucho cuidado, a arrojar cadáveres a la cuneta y a prenderles fuego. De vez en cuando dos o tres infectados aparecían siguiendo la carretera, pero mientras unos limpiaban, otros se encargaban de cubrirnos. Finalmente conseguimos limpiar del todo el cosechador y nos encontramos con que tenía un agujero en la vía del combustible. Empujamos y aguantó lo suficiente para volver a entrar en la comuna. Entre nosotros había mecánicos que podrían arreglarlo. Sería más difícil conseguir combustible. Desde hacía meses habíamos rebuscado en los alrededores y cada vez teníamos que ir más lejos, y en la situación en la que nos encontrábamos ya no era una solución factible.
Esa noche el comisario Fanfani nos reunió e intentó levantar los ánimos. Era necesario iniciar una estrategia nueva. Debíamos buscar alternativas a los recursos que estábamos consumiendo. Ya habíamos comenzado a adiestrarnos en el manejo de lanzas, que habían funcionado bastante bien desde la seguridad de los parapetos, y tendríamos que seguir por ese camino porque las balas eran cada vez más escasas.
La comida y el agua por el momento no eran un problema. Todavía nos quedaban bastantes reservas, y recuerdo que pensé pesimistamente que posiblemente terminasen durando más que nosotros. Pero comenzamos una política de racionamiento y de estricta disciplina. En las semanas siguientes hubo dos deserciones, gente a la que no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas y que se sentían atrapadas en una ratonera. No las culpo. Pero no las volvimos a ver.
Recuerdo vagamente las siguientes semanas. No sólo era cuestión de planificar estrategias, sino de mantener alta la moral y evitar caer en la desesperación. Había que evitar el “complejo de ataúd”, como decía Fanfani, sobre todo, evitar pensar, simplemente hacer lo que debía hacerse.
Los infectados caían. A veces eran uno o dos, a veces eran más. Los centauros teníamos que coordinarnos en grupos de tres y desarrollar estrategias para acabar con ellos con seguridad y ahorrar el mayor número de balas, que sólo debían utilizarse en situación de emergencia. Recuerdo que yo y Carla cogimos un rollo de alambre de espino y lo utilizábamos para tender lazos para los infectados. Cuando caían, los alanceábamos a distancia y después los cortábamos en pedazos. Un trabajo realmente desagradable.
Finalmente el asedio se convirtió en rutina. Nos levantábamos para cumplir nuestros turnos y en nuestro tiempo libre hablábamos entre nosotros e intentábamos no pensar. Ésa fue la clave. No pensar. Fue durante esas semanas que yo y Carla nos convertimos en pareja estable y nadie mencionó nada. Sabíamos que en una situación semejante, el surgimiento de lazos afectivos estables e inestables era inevitable. Varias de los hombres y mujeres de la comuna tenían relaciones esporádicas y consolidadas y nadie se atrevía a juzgar. Nadie decía nada. Simplemente tomaba o rechazaba lo que se le ofrecía. No era tanto una cuestión de amor o atracción sexual, sino la necesidad de consuelo y desahogo.
Esas semanas, como he mencionado, constituyen una vaga nebulosa en mi mente. Creo que todos perdimos la noción del tiempo, pero poco a poco comenzamos a recuperar cierta sensación de seguridad.
Hasta que finalmente, un día, divisamos en el horizonte otra “bolsa gris”.
Ya no sufrimos la sorpresa del primer asedio. Ya hacía tiempo que vivíamos bajo uno más lento. Nos situamos en nuestras posiciones y nos preparamos con lanzas, pistolas, bengalas y cócteles molotov. Sin embargo, a medida que se acercaban y ya comenzábamos a escuchar los primeros gemidos, alaridos y aullidos escuchamos un repentino zumbido que se convirtió en un paulatino fragor. Y entonces alguien gritó:

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-¡Helicópteros! ¡Vienen helicópteros!
Eran tres helicópteros militares con la bandera europea. Ante la vibración de aquellos enormes pájaros de hierro, los infectados se detuvieron confusos y algunos elevaron suplicantes sus manos al aire.
De repente se escuchó una detonación y una bola de fuego surgió en medio de la bolsa gris.
Aquellas cosas no tenían miedo, pero el vuelo zumbante de los helicópteros los estaba poniendo frenéticos, comenzaron a intentar agarrarlos y a seguirlos, al mismo tiempo que sufrían varias ráfagas de ametralladoras. Aún les llevó su tiempo, pero finalmente la bolsa gris se fragmentó. No nos atrevíamos a salir por miedo a entorpecer el trabajo de los helicópteros, así que los dejábamos hacer en medio de gritos de ánimo. Y cuando el sol comenzaba a ponerse, uno de ellos aterrizó frente a la puerta de la comuna. Varios militares con casco azul se bajaron y se dirigieron hacia las puertas.
Habíamos luchado solos durante demasiado tiempo y no sabíamos que lo peor de la guerra ya había pasado. Al igual que nosotros, cuando el mundo se recuperó de la sorpresa inicial, comenzó a adoptar medidas realmente eficaces. La Unión Europea había conseguido establecer una base segura en Irlanda, que pronto quedó libre de infectados y aislada mediante un eficaz cordón sanitario. Al mismo tiempo, el gobierno europeo de Dublín había comenzado a contactar con los principales grupos de supervivientes, que de una y otra manera, habían surgido como pequeños puntos de esperanza por toda Europa, y había dado pasos para ayudar repartiendo ayuda y apoyo militar. Los países europeos del sur, habían quedado bastante desabastecidos y se encontraban en peores condiciones, pero también tenían sus propios supervivientes.
Fui el primero en estrechar la mano del coronel al mando de aquella operación de socorro. Creo que se llamaba Haakon Makkonen, noruego o de algún país escandinavo. Me dijo que si era el representante de aquella comunidad de supervivientes en inglés y con una sonrisa -¡creo que era el único que podía hablar inglés con fluidez en Alto Fosso!- le dije que no, que sólo era un combatiente, que el verdadero líder y héroe de la comuna de Alto Fosso era el comisario…
En esos momentos escuchamos una detonación.
Fanfani acababa de suicidarse.

¿Cuál fue el motivo? ¿No consiguió aguantar la presión o la sensación de que la guerra se hubiera acabado?

No, no fue exactamente un arrebato de locura, aunque como ya le he mencionado, tras pasar tanto tiempo bajo asedio quien y más y quien menos estaba afectado, heridas en la mente, por así decirlo, que cada quien procuraba soportar lo mejor posible.
Pero el caso de Fanfani era diferente. Sin duda él se encontraba sometido a la misma presión que el resto de nosotros, sino más, debido a la carga que suponía el liderazgo. Pero resultaba que él también tenía sus propios secretos.
Para empezar, Fanfani no existía.

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Todo esto no lo supe hasta tiempo después, tras preguntar a las personas adecuadas. Y de hecho nunca he llegado a saber su verdadero nombre. En su tumba, en la comuna de Alto Fosso, y en el monumento que se construyó en su homenaje figura el nombre de “Fanfani”, pero casi nadie sabe que no es el suyo.
Resultó que “Fanfani” era un asesino de la Mafia, y uno muy peligroso. Sin embargo, en algún momento, desconozco el porqué, decidió colaborar con la policía italiana. Se entregó y lo metieron en la cárcel o en algún lugar secreto y comenzó a dar nombres. Creo que constituyó un duro golpe para la N’gandretta.
A partir de eso es de suponer que cuando comenzaron los problemas con los infectados consiguió escapar, adoptó la identidad de “comisario Fanfani” y había conseguido coordinar a un grupo de antiguos policías para crear un pequeño reducto seguros en los montes cerca de Caravaggio. En medio de la confusión creada nadie se molestó en preguntar por su pasado. Realmente, nadie lo hacía, había otras prioridades.
Creo que la llegada de los helicópteros constituyó un shock para él, la sensación de que el juego que había creado y al que se había acostumbrado estaba a punto de terminar, y que ya no era necesario. No creo que tuviera miedo que le detuvieran y le metieran de nuevo en la cárcel, ya estaba acostumbrado a eso, y de hecho, muchos de quienes cometieron crímenes antes y durante la guerra fueron amnistiados después debido a comportamientos especialmente heroicos.
En mi opinión, creo que lo que había llevado a Fanfani a apartarse de la mafia lo estaba consumiendo por dentro, y que la guerra constituyó una excusa para evitar rendirse. Una vez que la guerra había terminado Fanfani sintió que podía descansar en paz de una vez.
Hiciera lo que hiciese en el pasado, tanto yo como los supervivientes de Alto Fosso le estamos agradecidos y siempre lo recordaremos.
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Cristina de Calasanz el 28/03/2010, 19:28

Helsinki, Finlandia. 25 de mayo de 2014

Mientras se iban limpiando ciudades, se iban encontrando personas que habían hecho la guerra por su cuenta. Los "Soy Leyenda", cogían su arma o las robaban y se parapetaban en su edificio y limpiaban la zona. El problema era sacarles de ahí y hacerles ver que había que trabajar con el resto. Ellos creían que estaban ya haciendo todo su trabajo y que estar con otros lo único que les traería eran problemas. Por una parte tenían toda la razón, muchos murieron o se contagiaron por salvar a sus familias, pero esa gente estaba mal de verdad.

Durante la Segunda Guerra Mundial Finlandia tuvo su propio Soy Leyenda: se fue a los bosques y se cargó él solito con su rifle a 705 rusos. Mandaron toda clase de cosas contra él, desde francotiradores a bombardear la zona por la que se movía y él siguió cazándolos uno a uno. Durante la guerra zombie se quedaron en las ciudades y siguieron matando. Fueron una gran ayuda y fueron sin duda muy valientes.

Pero la mayoría se volvieron locos y años después siguen obsesionados con la caza de zombies. Se han ido a los bosques a vivir como ermitaños y disparan a todo aquel que se mueva. Optaron por la vida en solitario, porque vieron que la vida en comunidad no les reportaba nada y se niegan a ayudar en la reconstrucción de los países, aunque se les haya ofrecido puestos de mando debido a sus capacidades como estrategas y en muchos casos, ingenieros. La Guerra contra los zombies les dio el empujón que necesitaban para salirse de la vida que llevaban y encerrarse.
“- ¿Qué es lo mejor de la vida?
- La extensa estepa, un caballo rápido, halcones en tu puño y el viento en tu cabello…
- ¡Mal! Conan, ¿qué es lo mejor de la vida?
- Aplastar enemigos, verles destrozados y oír el lamento de sus mujeres.”
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Re: Guerra Mundial Z: Europa

Notapor Magus el 01/04/2010, 16:56

MASSIMO

Italia, 25 de mayo de 2014

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Poco más me queda por contar. El temporal había terminado. No así la guerra. Pero el mundo que conocíamos cambió y la guerra adoptó un perfil más comparable. En varios lugares del mundo, los gobiernos exiliados y los supervivientes se reorganizaron y comenzaron a reconquistar terreno y ha reconstruir.
En Italia, gracias a la ayuda del gobierno europeo exiliado en Dublín, donde también habían ido a parar varios de los principales dirigentes, comenzamos a recibir ayuda. Primero apoyo logístico en forma de armas y provisiones y poco a poco con la llegada de soldados veteranos entrenados en la guerra, que nos instruyeron en las mejores formas de enfrentarnos con los infectados y con los que a su vez compartimos nuestras propias innovaciones. Me siento orgulloso de que el “Cosechador Fanfani” sea ahora uno de los principales vehículos militares que se utiliza en Europa para controlar a los infectados.
Al mismo tiempo también surgió un nuevo conflicto cuando los supervivientes comenzaron a regresar a los hogares. Por supuesto, había gente que había rehecho sus vidas en otros lugares y no tenía intención de volver, pero quienes lo hacían en ocasiones se encontraron con que alguien había ocupado sus casas en su ausencia, o que las habían desvalijado o dado otros usos. Ni siquiera las necesidades de la guerra justificaban a ojos de esas personas lo que consideraban un robo. Los abogados, que se habían convertido en una profesión inútil durante gran parte de la guerra, comenzaron a resurgir.
En nuestro caso, debo recordar que la urbanización de Alto Fosso era un proyecto de viviendas privado, y cuando nuestra fama se extendió recibimos algunas demandas de los antiguos propietarios, que habían huido, abandonándolo todo. No es que tuvieran una verdadera necesidad, creo que querían apropiarse de lo que habíamos construido, ahora que tenía un nuevo valor. Decidimos enviar una queja formal al Parlamento de Dublín.
El hecho de que Haakon Makkonen, el oficial que había venido en nuestro rescate hubiera simpatizado con nuestra causa y que uno de sus hermanos fuese un importante parlamentario nos ayudó mucho. El Parlamento emitió una ley de urgencia basándose en el derecho marítimo internacional, por el que las propiedades abandonadas pasaban a manos de quienes las precisaran por “necesidades de guerra”. Pronto hubo que añadir algunas enmiendas, para proteger los bienes de valor artístico o para controlar a algunos especuladores, que pretendían utilizar la ley para apropiarse de poblaciones enteras –incluso antes de que fueran liberadas.
En cualquier caso nos dimos cuenta de que ahora que el temporal había pasado y tras la muerte de Fanfani, teníamos que organizarnos para lidiar con los nuevos problemas. Establecimos un gobierno comunitario en Alto Fosso, en el que fui elegido presidente y contraté a varios abogados para que dieran cierto peso formal a nuestras reclamaciones. En estos momentos somos propietarios de pleno derecho.
Todavía tardamos varios meses en llegar a una situación de tranquilidad. Tras la oleada masiva que nos había sometido a asedio, todavía llegaban pequeños grupos dispersos de infectados, más controlables, pero no podíamos bajar la guardia. Primero unas decenas, luego unos pocos, luego de uno en uno y finalmente pasaron varios días sin que ningún infectado apareciera.
Durante esos días los helicópteros de la Unión Europea continuaron viniendo, por lo que despejamos un campo de patatas en las cercanías para que sirviera de improvisada pista de aterrizaje. Recibimos víveres, combustible y armas, y unas semanas después una familia italiana de Caravaggio nos pidió permiso para residir en Alto Fosso. Poco a poco entramos en una nueva fase de “normalización”. Comenzamos a preparar a los recién llegados, a limpiar los alrededores, en resumen, a extender nuestra zona de influencia.
Pero no podemos bajar la guardia. Aunque varios puntos y ciudades de Italia como Roma, Florencia y otros, ya se encuentran bajo control, hay que tener cuidado con los nuevos brotes de infección. Sigue sin existir una cura para la rabia africana, que sigue siendo una muerte segura, y un destino peor que la muerte. Sicilia sigue plagada de infectados, aunque se ha formado un gran dispositivo de defensa en el estrecho, para evitar que lleguen a Italia.
Sin embargo, las cosas están cambiando. El Papa regresó de Dublín a Roma, y realizó una misa por los caídos. Varios políticos también han intentado recuperar los puestos que ocuparon antes de la guerra, pero son demasiados los que recuerdan la “huida por piernas”. Uno de los antiguos concejales de Milán fue asesinado por un francotirador una semana después de su regreso a la ciudad.

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¿Y por lo que se refiere a mí? Como alcalde de Alto Fosso, que se ha convertido en uno de los principales símbolos de la resistencia y perseverancia de Italia, no me falta trabajo. Actualmente somos unos 200 vecinos en la comunidad, y mi intención es mantenerla reducida en ese tamaño. Hemos creado nuevos asentamientos en Caravaggio y los alrededores, y ahora los campos quemados se han convertido en tierras de labor. Muchos han elogiado mi trabajo, aunque sólo puedo decir que lo he hecho lo mejor que he podido y que se ha tratado sobre todo de un éxito comunal gracias al esfuerzo de muchos hombres y mujeres valientes que dieron sus vidas para que pudiéramos sobrevivir y construir este nuevo futuro.
Personalmente soy un hombre feliz. El año pasado me casé con Carla y hace poco hemos tenido un hijo, Massimino, que espero pueda crecer en un mundo algo mejor y libre de las pesadillas que nos tocó vivir. Cuando se duerme, no dejo de pensar en todo lo que hemos sufrido y en qué será de él en un mundo que se levanta de sus ruinas. Sin embargo, de una cosa estoy seguro: él estará mejor preparado y no le dará tantas vueltas a la realidad como hicimos hasta que el desastre estuvo sobre nosotros.

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Muchas gracias por su testimonio, señor Massimo.

A vosotros.
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