MASSIMOItalia, 25 de abril de 2014
Habíamos sobrevivido. Pero el precio había sido alto. Una tercera parte de los habitantes de la comuna de Alto Fosso cayeron aquel día, casi todos en la carga suicida para rescatar al comisario Fanfani. Y el problema se agravó en los días siguientes. Habíamos recibido tal susto y estábamos tan frenéticos por el inesperado asedio que habíamos agotado gran parte de nuestras reservas de munición y combustible en aquel día. Si otro grupo de infectados similar hubiera llegado al día siguiente, sin duda habríamos terminado cayendo sin remedio.
No fue así, pero de todas formas los problemas no habían terminado. Seguían llegando infectados, sin duda rezagados de la gran masa que habíamos conseguido rechazar, pero lo hacían a un ritmo más lento y más asequible.
Al día siguiente intentamos recuperar el “cosechador”. Nos embutimos en varios impermeables, cogimos varios cubos de alcohol y amoníaco y comenzamos a separar los restos, con mucho cuidado, a arrojar cadáveres a la cuneta y a prenderles fuego. De vez en cuando dos o tres infectados aparecían siguiendo la carretera, pero mientras unos limpiaban, otros se encargaban de cubrirnos. Finalmente conseguimos limpiar del todo el cosechador y nos encontramos con que tenía un agujero en la vía del combustible. Empujamos y aguantó lo suficiente para volver a entrar en la comuna. Entre nosotros había mecánicos que podrían arreglarlo. Sería más difícil conseguir combustible. Desde hacía meses habíamos rebuscado en los alrededores y cada vez teníamos que ir más lejos, y en la situación en la que nos encontrábamos ya no era una solución factible.
Esa noche el comisario Fanfani nos reunió e intentó levantar los ánimos. Era necesario iniciar una estrategia nueva. Debíamos buscar alternativas a los recursos que estábamos consumiendo. Ya habíamos comenzado a adiestrarnos en el manejo de lanzas, que habían funcionado bastante bien desde la seguridad de los parapetos, y tendríamos que seguir por ese camino porque las balas eran cada vez más escasas.
La comida y el agua por el momento no eran un problema. Todavía nos quedaban bastantes reservas, y recuerdo que pensé pesimistamente que posiblemente terminasen durando más que nosotros. Pero comenzamos una política de racionamiento y de estricta disciplina. En las semanas siguientes hubo dos deserciones, gente a la que no le gustaba el cariz que estaban tomando las cosas y que se sentían atrapadas en una ratonera. No las culpo. Pero no las volvimos a ver.
Recuerdo vagamente las siguientes semanas. No sólo era cuestión de planificar estrategias, sino de mantener alta la moral y evitar caer en la desesperación. Había que evitar el “complejo de ataúd”, como decía Fanfani, sobre todo, evitar pensar, simplemente hacer lo que debía hacerse.
Los infectados caían. A veces eran uno o dos, a veces eran más. Los centauros teníamos que coordinarnos en grupos de tres y desarrollar estrategias para acabar con ellos con seguridad y ahorrar el mayor número de balas, que sólo debían utilizarse en situación de emergencia. Recuerdo que yo y Carla cogimos un rollo de alambre de espino y lo utilizábamos para tender lazos para los infectados. Cuando caían, los alanceábamos a distancia y después los cortábamos en pedazos. Un trabajo realmente desagradable.
Finalmente el asedio se convirtió en rutina. Nos levantábamos para cumplir nuestros turnos y en nuestro tiempo libre hablábamos entre nosotros e intentábamos no pensar. Ésa fue la clave. No pensar. Fue durante esas semanas que yo y Carla nos convertimos en pareja estable y nadie mencionó nada. Sabíamos que en una situación semejante, el surgimiento de lazos afectivos estables e inestables era inevitable. Varias de los hombres y mujeres de la comuna tenían relaciones esporádicas y consolidadas y nadie se atrevía a juzgar. Nadie decía nada. Simplemente tomaba o rechazaba lo que se le ofrecía. No era tanto una cuestión de amor o atracción sexual, sino la necesidad de consuelo y desahogo.
Esas semanas, como he mencionado, constituyen una vaga nebulosa en mi mente. Creo que todos perdimos la noción del tiempo, pero poco a poco comenzamos a recuperar cierta sensación de seguridad.
Hasta que finalmente, un día, divisamos en el horizonte otra “bolsa gris”.
Ya no sufrimos la sorpresa del primer asedio. Ya hacía tiempo que vivíamos bajo uno más lento. Nos situamos en nuestras posiciones y nos preparamos con lanzas, pistolas, bengalas y cócteles molotov. Sin embargo, a medida que se acercaban y ya comenzábamos a escuchar los primeros gemidos, alaridos y aullidos escuchamos un repentino zumbido que se convirtió en un paulatino fragor. Y entonces alguien gritó:

-¡Helicópteros! ¡Vienen helicópteros!
Eran tres helicópteros militares con la bandera europea. Ante la vibración de aquellos enormes pájaros de hierro, los infectados se detuvieron confusos y algunos elevaron suplicantes sus manos al aire.
De repente se escuchó una detonación y una bola de fuego surgió en medio de la bolsa gris.
Aquellas cosas no tenían miedo, pero el vuelo zumbante de los helicópteros los estaba poniendo frenéticos, comenzaron a intentar agarrarlos y a seguirlos, al mismo tiempo que sufrían varias ráfagas de ametralladoras. Aún les llevó su tiempo, pero finalmente la bolsa gris se fragmentó. No nos atrevíamos a salir por miedo a entorpecer el trabajo de los helicópteros, así que los dejábamos hacer en medio de gritos de ánimo. Y cuando el sol comenzaba a ponerse, uno de ellos aterrizó frente a la puerta de la comuna. Varios militares con casco azul se bajaron y se dirigieron hacia las puertas.
Habíamos luchado solos durante demasiado tiempo y no sabíamos que lo peor de la guerra ya había pasado. Al igual que nosotros, cuando el mundo se recuperó de la sorpresa inicial, comenzó a adoptar medidas realmente eficaces. La Unión Europea había conseguido establecer una base segura en Irlanda, que pronto quedó libre de infectados y aislada mediante un eficaz cordón sanitario. Al mismo tiempo, el gobierno europeo de Dublín había comenzado a contactar con los principales grupos de supervivientes, que de una y otra manera, habían surgido como pequeños puntos de esperanza por toda Europa, y había dado pasos para ayudar repartiendo ayuda y apoyo militar. Los países europeos del sur, habían quedado bastante desabastecidos y se encontraban en peores condiciones, pero también tenían sus propios supervivientes.
Fui el primero en estrechar la mano del coronel al mando de aquella operación de socorro. Creo que se llamaba Haakon Makkonen, noruego o de algún país escandinavo. Me dijo que si era el representante de aquella comunidad de supervivientes en inglés y con una sonrisa -¡creo que era el único que podía hablar inglés con fluidez en Alto Fosso!- le dije que no, que sólo era un combatiente, que el verdadero líder y héroe de la comuna de Alto Fosso era el comisario…
En esos momentos escuchamos una detonación.
Fanfani acababa de suicidarse.
¿Cuál fue el motivo? ¿No consiguió aguantar la presión o la sensación de que la guerra se hubiera acabado? No, no fue exactamente un arrebato de locura, aunque como ya le he mencionado, tras pasar tanto tiempo bajo asedio quien y más y quien menos estaba afectado, heridas en la mente, por así decirlo, que cada quien procuraba soportar lo mejor posible.
Pero el caso de Fanfani era diferente. Sin duda él se encontraba sometido a la misma presión que el resto de nosotros, sino más, debido a la carga que suponía el liderazgo. Pero resultaba que él también tenía sus propios secretos.
Para empezar, Fanfani no existía.

Todo esto no lo supe hasta tiempo después, tras preguntar a las personas adecuadas. Y de hecho nunca he llegado a saber su verdadero nombre. En su tumba, en la comuna de Alto Fosso, y en el monumento que se construyó en su homenaje figura el nombre de “Fanfani”, pero casi nadie sabe que no es el suyo.
Resultó que “Fanfani” era un asesino de la Mafia, y uno muy peligroso. Sin embargo, en algún momento, desconozco el porqué, decidió colaborar con la policía italiana. Se entregó y lo metieron en la cárcel o en algún lugar secreto y comenzó a dar nombres. Creo que constituyó un duro golpe para la N’gandretta.
A partir de eso es de suponer que cuando comenzaron los problemas con los infectados consiguió escapar, adoptó la identidad de “comisario Fanfani” y había conseguido coordinar a un grupo de antiguos policías para crear un pequeño reducto seguros en los montes cerca de Caravaggio. En medio de la confusión creada nadie se molestó en preguntar por su pasado. Realmente, nadie lo hacía, había otras prioridades.
Creo que la llegada de los helicópteros constituyó un shock para él, la sensación de que el juego que había creado y al que se había acostumbrado estaba a punto de terminar, y que ya no era necesario. No creo que tuviera miedo que le detuvieran y le metieran de nuevo en la cárcel, ya estaba acostumbrado a eso, y de hecho, muchos de quienes cometieron crímenes antes y durante la guerra fueron amnistiados después debido a comportamientos especialmente heroicos.
En mi opinión, creo que lo que había llevado a Fanfani a apartarse de la mafia lo estaba consumiendo por dentro, y que la guerra constituyó una excusa para evitar rendirse. Una vez que la guerra había terminado Fanfani sintió que podía descansar en paz de una vez.
Hiciera lo que hiciese en el pasado, tanto yo como los supervivientes de Alto Fosso le estamos agradecidos y siempre lo recordaremos.